Marte, según la NASA
Antes de imaginar un Marte, conviene saber qué dice la ciencia sobre el real. Una guía rápida del planeta tal y como lo describen hoy las agencias espaciales, y una nota sobre dónde la saga se permite ir más allá.
Cuando alguien me pregunta cómo se construye un Marte de ficción, mi respuesta siempre empieza igual: leyendo lo que la NASA cuenta del Marte real. Hay una página estupenda, pensada para todos los públicos, que recoge lo esencial sin perder rigor. La cito al final del post. Esto es lo que se aprende ahí, ordenado en una sola lectura, y por qué importa para una saga que se llama Guardianes de Marte.
Lo básico, en una mirada
Un planeta a medio camino
Marte es el cuarto planeta desde el Sol y el segundo más pequeño del sistema solar. Tiene aproximadamente la mitad del tamaño de la Tierra, y debe su famoso color rojizo al óxido de hierro que cubre buena parte de su superficie: literalmente, está oxidado.
El día marciano dura algo más que el nuestro —24 horas y 37 minutos—, pero su año es casi el doble: 687 días terrestres para completar una vuelta al Sol. Eso significa que un niño marciano de diez "años" tendría, en términos terrestres, casi diecinueve. Es un detalle pequeño, pero cambia muchas cosas a la hora de imaginar una sociedad allí.
Una atmósfera demasiado fina para abrigarte
La atmósfera marciana es, sobre todo, dióxido de carbono. Y es delgadísima: alrededor del 1% de la presión atmosférica terrestre. Por eso, aunque Marte recibe luz solar, esa luz no se queda. Las temperaturas pueden rondar los 20 °C en el ecuador en pleno verano marciano, pero caer hasta los −153 °C en los polos durante el invierno. Sin atmósfera que retenga el calor, el planeta es a la vez un desierto cálido y una nevera profunda.
Tormentas que pueden tragarse el planeta
El polvo es el gran protagonista del clima marciano. La NASA explica que las tormentas de polvo de Marte son las más grandes del sistema solar, y pueden llegar a cubrir el planeta entero durante semanas o meses. Aquí hay un matiz importante: el aire es tan tenue que un viento de 100 km/h apenas tendría fuerza —en la Tierra lo notaríamos como una brisa suave—. Lo que hace peligrosas a estas tormentas no es el empuje del viento, sino el polvo finísimo y abrasivo que arrastra con él: oscurece el cielo durante semanas, se mete en todas partes, genera enormes cargas electrostáticas y ha llegado a desactivar misiones enteras. Una tormenta de polvo marciana no te tira al suelo de un empujón. Te asfixia despacio, te ciega los sensores y te lija el casco.
Geografía a escala épica
La superficie de Marte tiene récords que en la Tierra serían inconcebibles:
- Olympus Mons, el volcán más grande del sistema solar. Tres veces la altura del Everest y aproximadamente del tamaño del estado de Arizona. Lleva inactivo mucho tiempo, pero estuvo activo durante miles de millones de años.
- Valles Marineris, un sistema de cañones que se extiende a lo largo del ecuador. Tiene unos 4.000 kilómetros de longitud y, en algunos puntos, es siete veces más profundo que el Gran Cañón del Colorado. Si lo trasladaras a la Tierra, cruzaría desde Nueva York hasta Los Ángeles.
Marte, además, tiene casquetes polares formados por una mezcla de hielo de agua y hielo seco (CO₂ congelado). En los meses de invierno crecen; en verano, parte de ese hielo se sublima y devuelve dióxido de carbono a la atmósfera.
Hubo agua. Puede que aún la haya
Una de las afirmaciones más importantes de la NASA en este tema: Marte tuvo agua líquida en superficie hace miles de millones de años. Lo sabemos por canales secos, deltas, sedimentos, minerales que solo se forman en presencia de agua. Hoy, esa agua sobrevive como hielo bajo la superficie y atrapada en los polos. Y los datos recientes sugieren que, en condiciones muy específicas, podría existir agua salada líquida en los subsuelos.
Esto importa porque donde hubo agua, pudo haber química compleja. Y donde hubo química compleja, puede haber rastros de algo. Las misiones actuales —los rovers, las próximas misiones tripuladas— buscan exactamente eso.
Dos lunas pequeñas
Marte tiene dos lunas: Fobos y Deimos. Son pequeñas, irregulares, posiblemente asteroides capturados por la gravedad marciana hace mucho tiempo. Fobos orbita tan cerca del planeta que la gravedad lo está acercando lentamente: dentro de unos 50 millones de años se estrellará contra la superficie o se romperá en un anillo. Deimos, en cambio, se aleja despacio.
Lo que la saga añade
Hasta aquí, lo que dice la NASA. Guardianes de Marte respeta esos datos como punto de partida —el frío, el polvo, la atmósfera tenue, los días largos, los volcanes muertos— y a partir de ahí se permite imaginar. La ficción empieza donde la ciencia, hoy, todavía no llega: en lo que pudo pasar en este planeta hace mucho tiempo, y en lo que podría volver a pasar. No voy a destripar nada aquí. Pero si lees la saga, vas a reconocer en ella el Marte real que la NASA describe, solo que con preguntas que la ciencia aún no ha cerrado y que la novela se atreve a contestar.